Alianzas: cuando
el desarrollo empieza
por aprender
a trabajar juntos
Diez años después de la aprobación de la Agenda 2030, las alianzas nos recuerdan que los grandes desafíos no pueden resolverse en solitario.
Miguel Angel Encinas
Septiembre 2026
3
El 25 de septiembre de 2015, los países miembros de Naciones Unidas aprobaron la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Aquella decisión supuso mucho más que la aprobación de una nueva agenda internacional: significó reconocer que los grandes desafíos de nuestro tiempo están conectados y que, para afrontarlos, necesitamos también nuevas formas de colaborar.

Entre los 17 ODS hay uno que tiene una característica especialmente singular: el número 17, dedicado a las alianzas para lograr los objetivos. No es más importante que los demás, pero sí nos recuerda algo esencial: alcanzar cualquiera de ellos requiere capacidades, conocimientos y recursos que difícilmente se encuentran en una sola organización o institución.
La pobreza, el cambio climático, la salud, la educación, la desigualdad o la transición hacia modelos económicos más sostenibles son retos complejos. Por eso, las soluciones tampoco pueden ser sencillas ni construirse desde una única mirada.
La Agenda 2030 propone, precisamente, ampliar esa mirada y favorecer la colaboración entre administraciones públicas, empresas, universidades, organizaciones sociales y ciudadanía. La experiencia de la cooperación internacional muestra que combinar capacidades diferentes puede permitir alcanzar resultados que serían imposibles trabajando por separado.

Asamblea ONU del 25 de septiembre de 2015
Pero trabajar juntos no significa simplemente reunir organizaciones alrededor de una mesa. Una alianza comienza cuando distintos actores reconocen que comparten un objetivo y que cada uno puede aportar algo que los demás necesitan. Puede ser conocimiento, experiencia, tecnología, recursos, capacidad de gestión, presencia en un territorio o relación con una comunidad. El valor de la alianza aparece precisamente cuando esas capacidades diferentes se complementan y generan algo que ninguno podría conseguir por sí solo.
Y para que esa suma sea posible hace falta algo que no siempre aparece en los documentos, pero que resulta fundamental: confianza. Sí, confianza para compartir conocimientos, para asumir responsabilidades y riesgos, para escuchar intereses diferentes y para mantener el compromiso cuando surgen dificultades. La experiencia de alianzas desarrolladas por diversos actores muestra cómo la interacción, la cocreación y la consecución de resultados pueden fortalecer progresivamente esa confianza entre personas y organizaciones.
El ODS 17 es también una invitación a cambiar nuestra manera de afrontar los problemas.
Nos propone pasar de pensar únicamente en lo que cada organización puede hacer por separado a preguntarnos qué podríamos conseguir si fuéramos capaces de sumar capacidades, compartir responsabilidades y construir soluciones conjuntamente.
Diez años después de aquella decisión, esta idea mantiene toda su vigencia. Porque los ODS nos señalan qué futuro queremos construir, mientras que el ODS 17 nos recuerda una parte esencial de cómo podemos hacerlo posible.

En definitiva, si el desarrollo sostenible es una responsabilidad compartida, las alianzas no son solamente un instrumento para alcanzar los objetivos: son una manera de entender el bienestar.
Y quizá esa sea una de las grandes lecciones de la Agenda 2030: cuando los desafíos son de todos, las soluciones también tienen que construirse entre todos.
Foto: UN / Miguel Angel Encinas
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