BLAGDEN ALLEY

BLAGDEN ALLEY

Del estiércol de caballo a las estrellas Michelin

Un callejón de ladrillo en el Washington D.C. menos turístico,
y la extraña felicidad de reconocer en él un Bilbao que ya no existe.

Miguel Ángel Encinas
Octubre 2026
5

Cuando mi esposa me dijo, muy seria, que tenía que visitar un callejón en Washington D.C., hice lo que haría cualquier persona sensata: sonreír, asentir y pensar que me tomaba el pelo. Un callejón (en español “de España” la palabra viene con mala fama) ahí es donde uno pierde la cartera, no donde encuentra la felicidad. Entré con la defensa alta. Salí, un par de horas después, con la cartera y con una idea nueva; a veces hay que chismosear detrás de las casas bonitas para entender de verdad una ciudad.

Tengo una rareza de nacimiento, y no es genética sino geográfica; nací a muy pocos de kilómetros de Bilbao, ciudad que ha hecho de la reinvención una especie de deporte nacional, del humo industrial al titanio y la rúa paseable en poco más de una generación. Quien ha visto una ciudad entera cambiarse de ropa no puede evitar, allá donde vaya, preguntarse cómo era ese sitio antes de lo que hoy enseña en las postales.

Blagden Alley, no lo voy a negar, fue una de esas veces.

A simple vista es justo lo que promete: un callejón de ladrillo visto y empedrado irregular en el barrio de Shaw, al norte del centro de Washington, con la sensación de haberte colado por la puerta de servicio de la ciudad. Ese ladrillo lleva ahí desde la década de 1830, cuando el callejón, ya dibujado en los planos de finales del siglo XVIII empezó por fin a llenarse de edificios, bautizados con el apellido de dos propietarios decimonónicos, Thomas Blagden y Dickerson Nailor.

La cosa se ensombrece después de la Guerra Civil. Washington creció casi un 75 por ciento y la ciudad se apretó: los solares con fachada a la calle se quedaron para las familias con posibles, y detrás, en el callejón, se apiñó todo lo demás. Hacia 1880 las sesenta y dos familias que vivían en estas traseras eran, sin excepción, afroamericanas, hacinadas en casas de dos habitaciones donde a veces dormían hasta nueve personas. Desde esa misma década varios edificios se convirtieron en cuadras, y el estiércol de los caballos se mezclaba con el de las letrinas improvisadas para producir, según un cronista de la época, un olor «sofocante». Convendrá recordarlo la próxima vez que uno pasee por aquí con un vaso de café de especialidad en la mano.

El Congreso prohibió en 1892 nuevas viviendas de callejón, aunque hizo falta que la primera dama Ellen Wilson pidiera su erradicación casi desde el lecho de muerte para que en 1918 saliera adelante una ley al respecto. El siglo XX se encargó de rematar la faena: la huida hacia los suburbios vació el barrio en los sesenta y, tras el caos y el humo de los disturbios de 1968, provocados por el asesinato de Martin Luther King Jr., el mapa local sufrió un drástico reajuste.

De Blagden Alley no quedó casi nada: apenas un solar abandonado que insistía, con cierta terquedad, en recordar su pasado.

Y aquí la historia empieza a sonarme de algo. Porque lo que lo salvó no fue un gran plan urbanístico bajado desde arriba, sino la vieja alquimia de siempre: primero los inversores oportunistas de los ochenta, atraídos por precios de derribo; después, en los noventa, los artistas. Los propios vecinos, agrupados en la Blagden Alley Association, lograron en noviembre de 1990 que el callejón entrara en el Registro Nacional de Lugares Históricos.

En 1996 pasó de uso residencial a comercial y, cuando en 2003 abrió el Centro de Convenciones a tiro de piedra, la inversión llegó en serio. (1996 es, más o menos, el año en que Bilbao culminaba su propio edificio de titanio con forma de barco varado. Alguna ley universal debe de haber sobre las ciudades que deciden reinventarse a la vez.)

El resultado tiene su punto poético: en 2014 abrió La Colombe, cafetería de tueste propio, instalada en lo que fue una cuadra de caballos, del estiércol al café de especialidad en la misma manzana siglo y pico más tarde. Un año después abrió The Dabney, en una casa adosada del XIX con las paredes de ladrillo original a la vista que, en 2017, cuando la Guía Michelin aterrizó por primera vez en Washington, se llevó una estrella. A esos veinte metros escasos que uno recorre casi sin darse cuenta de que ha cambiado de restaurante, abrió más tarde Causa, de cocina peruana, con estrella propia desde 2023. Los dos seguían luciéndolas en la Guía Michelin de Washington de 2025: dos estrellas a un paso la una de la otra, en un callejón que hace no tanto olía a establo.

Y luego están los muros. Desde 2015, gracias a una beca de la Comisión de las Artes de Washington D.C. y a artistas con raíces en Shaw, Blagden Alley se ha ido llenando de murales hasta convertirse en un museo al aire libre sin taquilla ni horario. Entre todos hay uno que a mí me paró en seco: Respect, de Billy Colbert, dedicado a John Thompson, el legendario entrenador de baloncesto de Georgetown, primer entrenador negro en ganar un campeonato universitario en Estados Unidos, allá por 1984, pintado no muy lejos de donde, hace poco más de un siglo, esas mismas paredes solo daban cobijo a quienes la ciudad prefería no ver. No voy a explicar por qué me quedé plantado ahí más tiempo del que dicta el decoro turístico, el baloncesto y yo tenemos una vieja cuenta pendiente que da para otro artículo, pero hay coincidencias que uno no busca y que, aun así, se agradecen.

En octubre es el Día Mundial de las Ciudades
para impulsar la urbanización sostenible, fomentar la cooperación internacional y enfrentar los retos del crecimiento urbano (ODS 11).

Al final, uno no visita Blagden Alley por el café, ni por las estrellas Michelin, ni siquiera por el mural, aunque las tres cosas ayuden. Se visita, si uno tiene la rareza geográfica de la que hablaba al principio, por la sensación de sorprender a una ciudad cambiándose de ropa; de ver, debajo del ladrillo bien restaurado, el eco de las cuadras y de las familias que se apretaban donde nadie quería mirar. Bilbao y Washington no se parecen en nada y, sin embargo, doblando una esquina de ladrillo en Shaw, por un segundo, a mí se me parecieron.

Fotos: Miguel Ángel Encinas