Eastern Market,
el Washington que
se compra por kilos

Un antiguo jefe me enseñó a medir las ciudades por lo que se vende en sus mercados, y en Washington esa manía me llevó hasta uno que sobrevivió a un incendio y a la tentación de convertirse en tienda de recuerdos.

Miguel Ángel Encinas
Octubre 2026
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Hay hábitos que se adquieren por convicción y otros por obediencia, y el mío es de los segundos. Se lo debo a un antiguo subdirector mío, con quien discrepé en casi todo salvo en esto: según él, conocer lo que acaba en la mesa de la gente de una ciudad es la mejor forma de saber cómo le van las cosas. Qué se compra, qué se vende y a qué precio. Un índice de confianza del consumidor, pero con olor a cilantro. Debo reconocer que tenía razón, con esa incomodidad que produce dársela a un jefe. Desde entonces aplico el protocolo en todas las ciudades en las que he trabajado y vivido.

Así que, en Washington D.C., donde casi todo el mundo se despacha con monumentos y edificios gubernamentales, salí del circuito turístico a buscar su esencia en los precios. El mercado estaba a un paseo del Capitolio: averiguar cuánto cuesta el pollo a pocas manzanas de donde se discute el presupuesto del país tiene su gracia. Eastern Market es pequeño y no es turístico, lo cual, en una ciudad colmada de excursiones, roza el milagro: hay pollo, carne, pescado, verdura y fruta.

Su historia empieza con una queja. En 1871 la prensa llamaba al mercado, aprobado por Jefferson en 1805, un cobertizo vergonzoso (es la reseña más cruel que conozco: ni una estrella, ni una sola virtud). El encargo de uno nuevo fue para Adolf Cluss, arquitecto alemán con debilidad por la luz natural y las entradas y salidas fáciles, cualidades muy de agradecer en un mercado y poco frecuentes en un ministerio. El South Hall del nuevo mercado abrió en 1873.

Lo difícil vino por exceso de progreso. En 1931 derribaron el Center Market, también de Cluss, para levantar el National Archives Building, y en 1961 cerró el Western Market. Eastern Market se quedó solo. En 1964 el comisario de sanidad lo llamó amenaza para la salud pública y propuso sustituirlo por un enorme supermercado con mucho aparcamiento (nada resume mejor los años sesenta). Los vecinos se plantaron, y en 1981 rechazaron convertirlo en un bazar para turistas: por eso hoy no lo es. Nadie se lo permitió.

En la capital del poder hay un barrio que se empeñó en seguir comprando el pollo a alguien con nombre y apellidos.

Sobrevivió a un comisario y a los supermercados, y a punto estuvo de caer por un compactador de basura: según los investigadores, un fallo eléctrico en su cable provocó el incendio que destrozó el South Hall el 30 de abril de 2007. Los comerciantes se mudaron a un colegio mientras los vecinos reunían cientos de miles de dólares, y el 26 de junio de 2009 el mercado reabrió, con el rosa salmón original en las paredes.

Con la vara de medir de México, de Guatemala o de Colombia, Eastern Market no compite ni lo pretende. En el increíble mercado del centro de Ciudad Guatemala compraba yo especias, y de allí conservo un comal que ha adornado el centro de mi mesa de comedor durante muchos años. Pero Eastern Market cuenta que en la capital del poder hay un barrio que se empeñó, durante más de siglo y medio, en comprar el pollo a alguien con nombre y apellidos. Mi antiguo subdirector se habría alegrado. Mi comal sigue en su sitio, y me consuela saber que no es el único objeto de mercado que se resiste a desaparecer.

Fotos: Eastern Market