ODS #8 TRABAJO DECENTE
Y CRECIMIENTO ECONÓMICO

Todos trabajamos duro por el dinero

Y aunque el Día Internacional del Trabajo pasa casi desapercibido cada mayo
—y muchos ni siquiera lo trabajamos—, hablemos del home office que parece muy ‘verde’, pero ¿quién la financia realmente?

Víctor Reyero
Mayo 2026
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En 1983 Donna Summer lanzó She Works Hard for the Money, un éxito mundial que, más allá de lo musical, se convirtió en un himno de empoderamiento para las mujeres trabajadoras. Más de 40 años después, su mensaje sigue vigente para ellas y millones de personas que continuamos esforzándonos día a día en la búsqueda de crecimiento económico.

Invité a un amigo surcoreano a colaborar con pretexto de la efeméride del 1 de mayo, solo que él se siente más cómodo no siendo identificado por lo que solo lo llamaré ‘C’ aunque aclaro que es el autor de todo este escrito.

‘C’ ha trabajado en hospitales, salud pública y ahora en un gobierno federal de Norteamérica; casi catorce años en tres ámbitos muy diferentes del mismo sistema y en todos, dice, ha aprendido algo que no cambia independientemente del tema político: cada vez que se celebra un logro, alguien falta en la conversación y esa persona suele ser la más importante.

Ahora mismo, el logro que se celebra es el teletrabajo: menos emisiones, menor huella de carbono, movilidad disminuida, oficinas más pequeñas. Y esto se entiende. Pero ‘C’ sigue pensando en un trabajador de almacén citado en un estudio de vigilancia laboral o sistema remoto de control de 2024:

Estoy en un turno extenuante de diez horas, tengo que cumplir con ciertos estándares y empiezo a olvidar quién soy y qué necesito hacer para cuidarme

Ahora, dice ‘C’, hemos trasladado esa misma presión a los hogares de las personas. Y lo llamamos progreso. Todavía no estoy seguro de que nos hayamos dado cuenta y así nos comenta todo lo siguiente:

Los ODS no son un buffet

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU abarcan la acción climática, pero también el trabajo decente, la buena salud y la reducción de las desigualdades. Aquí no hay favoritismos: no se puede elegir a conveniencia.

Las empresas no pueden celebrar la sostenibilidad mientras sus empleados se agotan, y un gobierno no puede celebrar la reducción de emisiones ignorando a los trabajadores que quedan rezagados. ¡Por favor! Eso no es sostenibilidad. No lo digo con cinismo, pero es simplemente posponer el problema. En salud pública, tenemos un nombre para eso: medir lo fácil e ignorar lo difícil.

El futuro verde tiene una lista de invitados

Piensen en quiénes reciben estos beneficios. Trabajadores del conocimiento con ingresos estables, internet de alta velocidad y una oficina en casa adecuada. Ahora entiendo ese mundo. Vivo en él.

Pero los trabajadores de la salud no pueden examinar pacientes por Teams o Zoom. Los obreros en fábricas no pueden operar equipos desde casa, y los trabajadores esenciales del comercio minorista, la limpieza y la entrega de alimentos nunca tuvieron esa opción. Siguen desplazándose al trabajo mientras sus empresas se jactan de ser ecológicas gracias a que otros trabajadores se quedan en casa.

Incluso entre los trabajadores remotos, las condiciones no son iguales. Recuerdo mis primeros años en Norteamérica: un pequeño apartamento con un compañero de piso, espacio compartido, intentando parecer profesional en mi habitación. Los trabajadores más jóvenes viven en esas condiciones hoy en día, siendo monitoreados con mayor intensidad que sus jefes. Un estudio canadiense de 2023 reveló que el monitoreo no afectaba a todos por igual pues jóvenes de entre 16 y 29 años enfrentaban las tasas más altas, con un 47%, seguidos por las personas con discapacidad y los trabajadores racializados. Esto no es una coincidencia. Y creo que no necesito decir nada más.

El cuerpo guarda el registro de la salud

Un estudio de 2024 con más de 3500 canadienses demostró que la supervisión o vigilancia aumenta el estrés y, en silencio, disminuye la satisfacción laboral. Sinceramente, no necesitaba un estudio para darme cuenta. Lo he visto suceder en la vida real, en personas que conozco.

Durante los primeros meses de teletrabajo, se tuvo mucho entusiasmo por la flexibilidad y el alivio, pero no duró. Pronto empezaron las quejas de dolor corporal, de dormir fatal, de sentirse siempre conectados y aislados a pesar de las interminables videollamadas. Un amigo mío empezó a trabajar de lleno a distancia en 2020. Dos años después, tenía una cita semanal con un fisioterapeuta y renovó una receta sin pensarlo. Una vez me dijo: No sé cuándo dejé de descansar. Claro, es solo un caso, pero sé que no es el único.

Sin embargo, el estrés crónico no se queda en un solo lugar. Se extiende: enfermedades cardíacas, problemas metabólicos y problemas de salud mental. Cuando el trabajo está siempre presente, el cuerpo lo recuerda todo.

Las curitas o tiritas no son la solución

He visto programas de asistencia al empleado para ayudar con el estrés personal: sesiones de terapia, una línea telefónica dedicada y algunos recursos de salud mental. Creo que los ofrecen quienes sinceramente creen que son útiles. Pero dar esto a alguien cuyo empleador controla sus descansos para ir al baño no es una política de bienestar. Es tan solo un parche mientras la causa raíz persiste.

Si nos tomamos en serio la sostenibilidad y la inclusión, todos necesitan acceso a internet decente y equipos ergonómicos, no solo quienes pueden pagarlo. Necesitamos sólidas protecciones legales contra la vigilancia invasiva y políticas de derecho a la desconexión que creen entornos de trabajo saludables. Los trabajadores esenciales que no pueden trabajar de forma remota merecen condiciones seguras y una remuneración justa. Algunos países europeos ya multan a las empresas por contactar a colaboradores fuera del horario laboral. Y que la tecnología haga algo posible no significa que quienes son empleados lo hayan aceptado.

No se puede elegir la sostenibilidad a conveniencia

Quiero dejar esto claro: el teletrabajo reduce las emisiones, y me alegro. Pero si construimos un futuro verde a costa del agotamiento de los trabajadores, dejando atrás a otros, no habremos construido nada sostenible y simplemente se ha ocultado la factura.

La verdadera sostenibilidad se trata, no de alcanzar cifras de emisiones de carbono, sino de que sea viable para todos en nuestra sociedad. Pensemos en el trabajador de almacén al que se le vigila durante diez horas. En el padre o la madre en una videollamada, con su hijo corriendo detrás. O en el joven profesional en su habitación sin escritorio, esforzándose por demostrar que está trabajando.

Esta es la parte de la que nadie quiere hablar: la cuestión no es si trabajar en casa es bueno para el medio ambiente, sino si estamos construyendo algo positivo para las personas que lo integran, para todas ellas, no solo para las que se sienten lo suficientemente cómodas como para no darse cuenta.

*este artículo fue originalmente escrito en inglés.

Fotos: Wikimedia

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